Ejercitando el valor de la Templanza

Martes, 09 Mayo 2017 01:31

OBJETIVO:

Que cada miembro de la familia aprenda a dosificar su vida, evitando los excesos, manteniendo un equilibrio de ella, dándole importancia al autoconocimiento personal para así poner atención en las debilidades personales.

CONCEPTO:

La templanza es la virtud que modera la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de todos los bienes, asegurándose el dominio de la voluntad sobre los instintos y la honestidad de los deseos. La persona templada orienta el placer, que es subjetivo, hacia el bien objetivo, guarda una sana discreción y no se deja arrastrar por el apasionamiento.

El hombre no es puro instinto, al razonar las cosas y sus actos, está llamado a superarse actuando más allá de sus impulsos. La templanza al regular los instintos de una persona, eleva la dignidad personal. El placer como tal no es malo, es natural y las personas lo buscamos porque nos hace sentir bien, además que satisface necesidades. Sin embargo, tendemos a sobrevalorarlo cuando lo anteponemos a otras cosas importantes para nuestro desarrollo que implican esfuerzo o una capacidad superior.

A los placeres o gustos que tienen su principio y su fin en lo físico y que, de alguna manera, también están presentes en los animales no racionales, se les conoce como placeres sensibles. Entre estos están: dormir, comer, beber, sensaciones del tacto, agrados visuales o auditivos, deseos de poseer cosas, etc. De hecho, es a través de las sensaciones que provocan, que el hombre asciende al plano intelectual, pero es posible que al usarlas mal, sean un impedimento para la superación; la templanza nos ayuda a regularlas.

En una época como la nuestra, existe una ideología que constantemente nos invita a la búsqueda del placer y a tratar de huir de lo que cuesta trabajo. Esto es un engaño, primero, por la gran importancia que se le da a lo sensible, que ocasiona que se le de poca importancia a lo intelectual, y segundo, porque distrae de aquello que es más valioso precisamente porque cuesta trabajo. Debemos usar la inteligencia para no caer en la trampa de querer conseguir las cosas de manera siempre fácil.

Tener nuestro juicio muy atento para no dejarnos conducir por las falsedades que presentan la televisión, los compañeros, etc.

El acto de moderar nuestros impulsos no tiene como fin suprimirlos o reprimirlos, sino encausarlos, darles el lugar y momento oportuno. No se trata de una destrucción, sino de una humanización de los actos de la persona.

Cada acto sensible debe ser considerado por la inteligencia para que haga un análisis, un dictamen y un juicio sobre cómo debe ser ese acto; si hay que disminuirlo, evitarlo, promoverlo, regularlo, etc. Por ejemplo, si se está frente a la mesa comiendo, la inteligencia debe permanecer alerta de dictaminar hasta donde y que se come, considerando que ya se está satisfecho o que se está delicado de salud o que hay que ir a trabajar, etc. Otro ejemplo puede ser un adolescente recibe las caricias de su novio(a) y respecto de lo cual la inteligencia debe regular el momento, la forma y mantener muy clara la finalidad. Lo que no es plenamente humano es que sea el impulso o la pasión quien determine lo que ha de hacer la inteligencia y la voluntad, sencillamente porque se tiene “cabeza” y está por encima de los hombros dirigiendo todo el cuerpo y “viendo” por él.

Es por ello que los hijos deben conocer las razones de porque hay que comer y beber con moderación, porque hay que tener relaciones sexuales sólo dentro del matrimonio, con la persona elegida para desarrollar una ayuda mutua para toda la vida, y que esa unión es plena cuando hay entrega de amor, de voluntad que compromete a las dos personas maduras, y si además les queda claro que fuera del matrimonio existen fuertes riesgos de contraer enfermedades de transmisión sexual y que no es posible afrontar las consecuencias de una relación sexual porque no se tiene edad o posibilidad de mantener o educar a los hijos; entonces los jóvenes tendrán elementos para repetir actos suficientes para fortalecer su voluntad y no incurrir en acciones nocivas en el momento de presentarse la ocasión.

Recordemos que las virtudes como la templanza se alcanzan con repetición de actos gobernados por la voluntad y que, de igual manera, los vicios o hábitos malos también se adquieren repitiéndolos sin gobierno. Por ejemplo, para no dejarse llevar por la pereza hay que utilizar la inteligencia para decirnos a nosotros mismos los motivos para acometer algo y usar en ese instante la voluntad para vencer la pereza con firmeza y decisión. Lo mismo hay que hacer en contra de la gula, del apetito sexual fuera de su momento y lugar oportuno, etc.

La templanza pues pide vencimiento propio y capacidad de mortificación, pero todo esto no lleva a la tristeza pues precisamente evita el sufrimiento que provocan los excesos y constituye así, una forma de asumir positivamente nuestros límites, en lugar de evitar el desear, hay que luchar contra los malos deseos y sustituirlos por acciones propositivas.

La templanza no es una virtud sencilla, pues las tentaciones brotan con facilidad y cuando empezamos a ceder a ellas, llega el momento en que, perdemos la serenidad, nos volvemos vulnerables y cometemos la falta. Para hacer frente a las tentaciones frecuentes que la vida suele ofrecernos, hay que estar dispuesto a huir de las ocasiones peligrosas, lo que a su vez requiere ser humildes, pues el soberbio se cree más fuerte que todas las adversidades. Además de humildes hay que ser prudentes, ya que la imprudencia nos lleva a callejones sin salida, siempre creyendo que vamos a ser capaces de detenernos a tiempo, cuando queramos y como queramos con ayuda de la razón, lo cual es como andar haciendo equilibrio sobre la cuerda floja de modo que el día menos pensado sucumbimos víctimas de la distracción o del vértigo. En ese momento ya no valen los propósitos enérgicos ni las determinaciones inquebrantables; todo se hunde ante la fuerza terrible fascinadora de una ocasión. Los sentidos se excitan se enciende la fantasía, aumenta fuertemente la pasión, se pierde el control de sí mismo, y finalmente sobreviene la caída. Por eso es mejor prevenir que curar y quien evita la ocasión evita el peligro.

COMO TRANSFORMAR EL VALOR EN ACTITUD DE VIDA:

  • Reprender a los hijos cuando hagan berrinches
  • Instarlos a que ellos mismos detecte y venzan actitudes de flojera, glotonería o excesiva
  • comodidad en su vida diaria.
  • Motivarlos a que saquen sus energías practicando un deporte.
  • Por medio de un cuento hacer que adquieran la seguridad que siempre se pueden vencer las tentaciones con el bien y con la inteligencia.
  • Motivarlos para que tengan la inquietud de dominarse, de dejarse llevar por la razón y no por el impulso.
  • Analizar con ellos algún programa de televisión o película en que se dé un ambiente de mucho “hedonismo” o sea en que se hace mucho alarde del “placer por el placer”
  • Hacerles entender que practicar la templanza aumenta su capacidad de usar correcta y
  • positivamente todas las energías vitales.
  • Mantener la calma ante cualquier situación y echar mano de la razón y la confianza para vencer nuestros instintos y debilidades.
  • Reconocer que las tentaciones surgen de nuestro interior y que, desde el mismo interior,
  • podemos vencerlas y superarlas.
  • Usar su imaginación como punto de partida para la creatividad, el razonamiento, la divergencia de alternativas, etc., tratando de evitar la imaginación ociosa.
Publicado en Valor del mes

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